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Escribir a mano es una ventana al cerebro

Los renglones de práctica caligráfica signaron los aprendizajes de nuestros abuelos. Quienes hace décadas aprendían mecanografía en reconocidas academias no imaginaron que, lejos de aquellas máquinas de escribir, hoy estarían tipeando en modernos teclados de veloces computadoras. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han habla de nuestra pérdida de la capacidad de demora. En un mundo de gratificación instantánea, la tecnología lo hace mejor y más rápido; mucho más prolijo, sin necesidad de exponer borrones, tachaduras ni correcciones.

El cerebro responde de manera bien distinta a una lapicera y a un teclado. Tipear es un proceso mecánico y eficiente sin mayor demanda para nuestro cerebro, involucrando menos circuitos. Como manuscribir es más lento, esa demora obliga a coordinar el sistema motriz, el visual y el lenguaje al mismo tiempo. Dado que no podemos escribir a la velocidad que tipeamos, el proceso cerebral es notoriamente diferente al emplear una birome, pues registrará lo que realmente cuenta y, en consecuencia, forjará recuerdos más robustos, algo que favorece los aprendizajes. Escribir no es solo una actividad motora, es una ventana al cerebro, se suele explicar.

Aquella gimnasia de aprender a escribir, dibujando cada letra con esmero, con borrones o tintas corridas, mostrando tenacidad y ansia de superación, tiene un efecto en el pensamiento infantil. La lentitud no constituye un defecto pedagógico, sino un tiempo de trabajo que fortalece los aprendizajes. La cursiva, tan cuestionada hoy por diversos planes educativos, obliga a mantener una idea en movimiento, a fluir con el pensamiento.

Un estudio llevado adelante en 2024 por la Universidad de Ciencia y Tecnología de Noruega entre estudiantes universitarios midió la actividad cerebral y comprobó que escribir con la mano activaba conectividad generalizada con ondas alfa y teta en la región parietal y central del cerebro, utilizando los mismos patrones que cuando codificamos o guardamos nueva información. Quienes escriben usando su mano fijan más en su memoria por eso tomar notas es tan beneficioso. La neurociencia detrás de la escritura revela que una mano que escribe es parte medular del proceso intelectual: el cuerpo piensa junto con la mente.

Manuscribir para transitar emociones difíciles ofrece un beneficio adicional: la lentitud del proceso otorga más tiempo para procesarlas. Investigadores estadounidenses descubrieron que participar en actividades intelectualmente estimulantes a lo largo de la vida, como leer, escribir o aprender un nuevo idioma, podía asociarse a menor riesgo de padecer Alzheimer, la forma más común de demencia.

Luego de atravesar fuertes debates, Suecia volvió al lápiz y el papel para reforzar habilidades básicas de escritura y comprensión según métodos tradicionales de enseñanza en las escuelas. Apuesta así a mejorar la tasa de alfabetización en un regreso a las fuentes que nos lleva a todos a reflexionar.

No se trata de pensar en dejar de tipear, sino en elegir deliberadamente cuándo usar una lapicera para esas situaciones que demandan mayor retención y profundidad en el procesamiento. No hay dudas de que se trata de dos experiencias diferentes. Modo automático y modo deliberado pueden coexistir y el desafío es entender qué capacidades los seres humanos debemos bregar por conservar antes de renunciar a ellas.

Fuente | La Nación